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Doctrina

Pedagogía de Marcelino Champagnat

 

Por el H. Gildo Cotta

 

CAPITULO V
EL EDUCADOR MARISTA

En este capítulo se describe el ideal trazado por el Padre Marcelino Champagnat. Sin embargo, la realidad no es del todo exacta tanto para nosotros, Hermanos Maristas, como para los demás educadores de nuestros alumnos: los padres de familia y los maestros.

Pero tener los ojos puestos en la meta y esforzarse en acercarse a ella cada día es cuanto puede pedirse tanto a los padres de familia como a aquellos que colaboran con ellos. Es una obligación imperiosa ya que estos muchachos llevarán aquello que podamos darles y cargarán con las consecuencias de nuestras lagunas.

 

El ambiente de la Escuela

El Fundador insiste muchísimo en la importancia de la atmósfera general de la escuela para la formación de los alumnos. Esto mismo es válido para el ambiente.

"El espíritu que debe reinar en una escuela Marista es el de familia" "En las escuelas de los Hermanos debe reinar un espíritu de familia compuesto por sentimientos de respeto, amor y confianza mutuos".

"La educación no se realiza ni con la instrucción ni con la disciplina, ni con ninguna de las asignaturas, ni siquiera con la enseñanza de la religión, sino mediante las relaciones diarias, las observaciones, las palabras y los gestos de aliento, las llamadas de atención, las enseñanzas de todo género que tienen lugar a lo largo de estas relaciones ininterrumpidas" que personalizan la obra del educador. Por eso exhortaba a sus Hermanos:" Muéstrense más padres que maestros con autoridad" Las relaciones entre los educadores entre sí, entre los educandos y con los padres de familia, en una escuela Marista, deben llevar el sello de la bondad, la cordialidad, la confianza recíproca y la alegría.

Uno de los biógrafos del Padre Champagnat asegura "La alegría era, sobre todo, una fuerza que le ayudaba a ganarse las voluntades y hasta cambiar los corazones". Sus visitas a las escuelas eran un gran aliciente tanto para los maestros como para los alumnos.

¿Por qué dar tanta importancia al ambiente de la escuela? Porque el clima de la escuela es como el aire que el alumno respira todos los días y así queda preparada o corroborada la acción de cada uno de los maestros o, desgraciadamente, estorbada y hasta aniquila.

La "educación es una paternidad porque es transmisión de vida moral... y se hace presente como un soplo, se respira como el aire, emana de las almas (y del ambiente) que la poseen por medio de exhalaciones misteriosas como el perfume se desprende de las flores" así el alumno se va formando casi sin darse cuenta.

También la muerte moral procede así: penetra como una exhalación funesta en todos los instantes de la vida de modo que si en una clase, en una escuela, en una familia, reina un clima opuesto al que quiere el Fundador, los resultados serían deletéreos para los alumnos o los hijos.

Esto nos pide a todos un examen muy serio, ya que la atmósfera de una escuela depende sobre todo de los educadores. "Los buenos educadores hacen las buenas escuelas" Pío XI

Tal es también el sentir del Padre Champagnat: "Un maestro que ama a sus alumnos puede reprender, advertir, aconsejar: el amor que inspiran sus palabras infunde gracia y fuerza, sus reprenciones son tomadas como muestras de cariño y seguidas dócilmente. Quien ama puede reconvenir y castigar ya que su severidad no es ni venganza y ni aspereza, el alumno se siente más apenado por haber contristado a quien le ha dado tantas muestras de verdadero amor que por el castigo recibido". No pensemos que el Fundador era un iluso...él mismo resolvió algunos problemas muy difíciles en forma positiva gracias a haber puesto en práctica lo que aquí nos aconseja.

Sin embargo, también son importantes las contribuciones de los alumnos y de los padres de familia.

Los alumnos deben estar llenos de buena voluntad para colaborar con los educadores, considerando la escuela como su propia casa, la cual es estimada, respetada y amada; y a los educadores como a quienes dedican gran parte de su propia vida y merecen respeto, afecto y reconocimiento. Debe crearse y mantenerse en la clase un clima de amistad fraterna y de responsabilidad que favorezcan el aprendizaje y los esfuerzos de la propia formación personal.

Los Padres de familia deberán tener presente que ellos son los primeros responsables de la educación de sus hijos. Para ellos es un derecho-deber que no pueden delegar a la escuela: deben colaborar con ella.

Colaborar implica, sobre todo, presencia activa en la acción de la escuela, participando en la elaboración del proyecto educativo y haciéndolo suyo, para bien no sólo del propio hijo sino también de todos los alumnos. Exige relaciones frecuentes tanto con los directivos como con los maestros, no tan sólo con el propósito del mejoramiento académico, ciertamente nada despreciable, sino de todos los aspectos que pueden favorecer la formación integral de los alumnos. Si para los padres de familia la escuela no tiene más valor que las calificaciones., es obvio que para los alumnos también quedaría así reducida.

Las relaciones deben ser sinceras y cordiales por ambas partes. Cometen un grave error educativo los padres de familia que en presencia de sus hijos manifiestan desestima ya sea a los docentes o a la escuela: así vuelven estéril todo lo que ahí hay de bueno. Por otra parte es una colaboración positiva el presentar a quien corresponda, con delicadeza y respeto, pero con gran sinceridad, los puntos de vista propios con respecto a posibles lagunas en el proceder de los maestros.

También es un error el dar siempre la razón a los hijos en contra de los maestros o viceversa. El adulto apoyará la formación mostrándose sereno y tratando de estar siempre en posesión de los elementos que le permitan hacer un juicio objetivo. Mientras más grandes son los hijos, el dominio de sí mismo es más necesaria y el respeto a la verdad y a las personas, tanto del hijo como de los maestros, tienen mayor influencia en la formación.

El Educador ideal

Ya hemos visto que para el Padre Champagnat la educación es la actividad humana "más santa y más sublime". El altísimo concepto que tenía de la misión del educador lo volvía muy exigente en la selección y en la formación de quienes deseaban abrazarla. Los sometía a un examen minucioso, y una vez aceptados, los guiaba con bondad y firmeza en la adquisición de las cualidades requeridas y en la lucha contra los defectos que pudieran impedir el ser buenos educadores, tomaba muy en cuenta los defectos de carácter.

El Padre Marcelino quería que esta lucha fuera llevada con gran equilibrio, con dulzura y paciencia consigo mismos, sin desanimarse por los fracasos, pero volviendo a empezar con toda humildad. Los educadores que él formaba se sentían como envueltos en su cariño, tanto que su primer biógrafo, que vivió largos años con él, nos da el testimonio de los Hermanos, escribe: "Ningún padre ha amado a sus hijos tanto como el Padre Champagnat amó a todos sus Hermanos".

Al educador lo consideraba tanto como miembro de una comunidad educadora, como formador.

El primer aspecto lo relaciona con los reponsables del ambiente general de la escuela y pide que el educador sea capaz de colaborar con sus colegas, con los padres de familia, con los alumnos: que tenga carácter abierto y franco, cordial y que sea portador de optimismo, alegría y entusiasmo.

Respecto al formador de hombres nos limitaremos a tomar la imagen con la cual el Fundador esculpía en el alma de sus discípulos el concepto que tenía del educador:

1.- Comparaba la educación a la construcción de una casa, corresponde al educador colocar los cimientos sobre los cuales se construirá la vida del educando. Esta será un éxito o un fracaso dependiendo de la solidez o no de la base. Pero la visión de Champagnat va más allá del individuo: una buena educación brinda seguridad y prosperidad a la familia al conservar este inestimable bien a través de las generaciones.

De igual manera una buena escuela cristiana en una parroquia le da seguridad al futuro religioso, prepara el terreno al trabajo del sacerdote y favorece sus frutos.

2.- El educador es comparable con el labrador. El cultivar un terreno pide muchas acciones: aflojar la tierra, quitar las malas hierbas, sembrar, podar.... Tal es el trabajo del educador en favor de los educandos: debe corregir los defectos y las malas tendencias, debe sembrar en sus corazones buenos principios, cultivar las buenas inclinaciones y el gérmen de las virtudes, debe abonar con abundante oración su trabajo; debe podar, es decir, con la atención y el trabajo asiduos de todos los días, quitar desde que empieza a germinar cuanto de vicioso pudiera desarrollarse a lo largo de los años.

Por supuesto que esto no es fácil y podría llevar al desánimo sobre todo cuando los frutos no se ven y parecen vanos todos los esfuerzos realizados. El Padre Champagnat nos pone en guardia contra este peligro.

3.- El educador es un sembrador, no quien cosecha. El mismo Jesús recordaba a los Apóstoles que estaban cosechando lo que otros habían sembrado. El Fundador con su lenguaje sencillo acostumbrado nos recuerda que la época de la cosecha no coincide con la época de la siembra. La semilla enterrada parece perdida durante mucho tiempo, pero ni el invierno, ni los rigores del clima pueden destruirla; a su tiempo, germinará, crecerá y dará fruto. De igual modo la semilla que los maestros siembran muchas veces con fatiga, quedará como dormida en el corazón de los alumnos, pero llegará el tiempo en que salgan las plantas y den fruto: y serán precisamente las palabras y los ejemplos del maestro quienes harán que surja.

4.- El educador guía a sus alumnos a alcanzar la plenitud de su ser. En el viaje de la vida se abren dos caminos a los jóvenes: el de Cristo y el del mal. Es de extrema importancia el guiarlo hacia Cristo, que lo conduce a la vida. Es por lo tanto importantísimo el encaminarlo por la senda de la virtud y el enseñarle a avanzar por ella Sólo así se puede esperar que la siga toda la vida.

5.- Con otra bella imagen, el Fundador compara al educador con el Ángel Custodio que con una mano lo guía en esta vida y con la otra le muestra el cielo.

Misión exigente

Ser educador es la misión más alta y más noble, pero también es exigente, y hasta dura, y ordinariamente muy poco reconocida por la sociedad. Los defectos y las equivocaciones sí son vistos y reconocidos, sus éxitos rara vez lo son.

Marcelino Champagnat señala las cualidades que pueden hacer realidad al educador ideal; ideal que es capaz de consolar de todas las fatigas, de los desconocimientos y de las ingratitudes

Sobre todo debe amar a sus alumnos. "Para educar bien a los alumnos hay que amarlos". "El amor a los alumnos es la nota característica de la pedagogía de Marcelino Champagnat. Por eso llama al educador "padre de las almas"

"Un educador que no sabe amar a sus alumnos es incapaz de educarlos. La educación es sobre todo obra del corazón y el corazón duro no entiende nada de este ministerio que es todo de caridad, de dulzura, de dedicación. Para educar a un niño, para sustituir cerca de él al padre y a la madre, hay que participar de la ternura de ellos".

No debemos olvidar que a través de la familia Dios se hace presente en nuestros alumnos. Dios los ama como El sólo sabe amar. "En nombre de Dios y de las familias, amen a estos niños: sólo así serán dignos y capaces de educarlos". "Cuando se ama se busca hacer más por él, a hacer lo mejor, con menor esfuerzo y mejores resultados"

La experiencia enseña que todo esto no es fácil y que en ocasiones se diría se hace todo lo posible para desanimar la buena voluntad del educador. El Padre Champagnat dice: "No importa qué suceda, hay que continuar amándolo... porque es el único modo de trabajar con fruto en la reforma de su carácter. Hay que amar a todos los alumnos por igual. No hay que tener ni favoritos ni dejados a un lado: que nadie pueda sentirse privilegiado por recibir muestras especiales de afecto de parte del educador" (El Fundador, por otra parte, recomienda que se trate con especial cuidado a aquellos alumnos que tienen una necesidad especial por carecer de afecto, talentos, etc. )

Parecería una bella utopía si no supiéramos que todo esto él lo vivió al igual que otros muchos antes que él y después que él. Pero, tenía en ella un enorme fuerza que lo volvía capaz de superar todas las dificultades: "Para educar bien a los niños es necesario amar ardientemente a Jesucristo. Amar a Jesucristo es poseer todas las virtudes y las dotes de un perfecto educador". "Al educador que ama se le pueden aplicar las palabras de San Agustín: 'ama y haz lo que quieras', porque cuanto haga estará bien hecho, cuanto diga será bien recibido, y sus deseos serán como mandatos. Amar es saberse poderoso".

El hijo, el alumno que se siente amado adquiere el sentido del propio valor, siente que vale ante nuestros ojos y gana confianza en sí mismo y ante los demás, se vuelve receptivo y responsable. Por otra parte quien ha crecido sin amor está personalmente lleno de problemas y los crea a los demás. Se necesita del amor para encontrar razón para vivir.

El amor genera dedicación, es decir la capacidad de darse sin reserva, de sacrificarse por los alumnos, de estar siempre disponible. Sólo un educador animado con ese espíritu cuidará en sus alumnos tanto la voluntad como la inteligencia. Tal vez más la voluntad ya que se necesita más cuidado para su formación. Sin frenar el avance de los mejores alumnos, no deja abandonado a ninguno de los que dan poco brillo a su autoestima.

La dedicación ayuda a soportar con paciencia las debilidades, los defectos y las ingratitudes de los muchachos; sólo así el educador conquista su amor y encamina a los alumnos hacia el ideal, porque ha sabido ganarse su voluntad. Es el Misterio de la Encarnación el que ilumina: para elevarnos a la vida divina el Verbo se ha hecho uno de nosotros sacrificándose a sí mismo... Un educador que no ama es una desgracia para el educando y contrae una gran responsabilidad.

El amor y la dedicación ayudan a conocer a los muchachos y esto es indispensable para poderlo educar. Por eso el Padre Champagnat insiste en la presencia del educador. Debemos pasar mucho tiempo con ellos, lo hemos considerado en párrafos anteriores. Quería que toda escuela tuviera un patio para los juegos y que los muchachos gozaran de una justa libertad que permitiera al alumno mostrarse como es, especialmente en la espontaneidad de los juegos, y al maestro le permita recoger preciosos conocimientos para su mejor actuar: gustos, inclinaciones, defectos, actitudes. Conociendo bien a sus discípulos podrá ayudarles a conocerse a sí mismos: tanto lo positivo como lo negativo, dones naturales y sobrenaturales y así hacerlo más activo en su formación, partiendo de la situación concreta de cada uno.

El amor exige competencia. Se trata de un acto de justicia.

Competencia científica, con la cultura que no se identifica con la erudición. Capacidad didáctica: no basta saber mucho, es necesario saber presentar los argumentos en forma clara y al alcance de los alumnos.

Competencia psicológica adquirida y cultivada mediante la lectura de obras de reconocida validez, los intercambios con los colegas, el ejercicio constante de la observación de los alumnos y la reflexión en el examen pedagógico personal. Sin un sentido psicológico agudo y un gran amor corremos el riesgo de emplear un comportamiento o un lenguaje que lamentaremos cuando nuestros alumnos estén pasando por un momento de crisis, de abatimiento, o de dolor por alguna situación de familia...

Competencia religiosa. No sólo para enseñar religión, sino para todo. ¿Cómo se puede enseñar en una escuela católica ignorando las verdades religiosas? No es sólo por medio de la enseñanza religiosa como debemos formar "los buenos cristianos y los virtuosos ciudadanos;" toda materia es oportunidad a un maestro cristiano para dar soluciones con una visión cristiana del mundo y del hombre. Cada uno y todos en conjunto debemos trabajar para que se logre la síntesis entre fe y cultura y entre fe y vida, que es el objetivo de la escuela católica.

Si el educador es colaborador de Dios y de Cristo en la obra de la salvación, ¿cómo poder ignorar lo que Dios nos ha revelado por medio de su Hijo para la salvación? El Fundador nos exhorta: "tengan cuidado de que en todos los aspectos de la enseñanza sobresalga el aspecto religioso y de que todos los conocimientos que impartan sirvan a los alumnos para alimentar su fe".

Se traiciona a los alumnos cuando todo el esfuerzo se centra en el progreso de las ciencias humanas, todos los elogios son para quienes se distinguen en ellas. Si a la falta de piadosas reflexiones se añade la negligencia en la educación del área religiosa, se habrá completado el cuadro de la muerte de una escuela que se dice católica pero que en realidad resulta ser la peor enemiga del verdadero catolicismo.

Esta triple competencia no se adquiere de una sola vez y para siempre: debe ser completada de continuo. Por eso el Padre Champagnat era muy exigente en la preparación de sus educadores y los reunía cada año durante las vacaciones para cursos de renovación.

El amor exige respeto.

En educación el respeto debe ser recíproco: del maestro al alumno y de éste al educador.. Este respeto, fruto del amor y de la estima, no permite realizaciones. Proscribe, sin embargo la baja familiaridad y el ser consentidores, creyendo que con eso se atrae a los alumnos. Por el contrario esto destruye el respeto. El Padre Champagnat no tenía para cuando terminar al tratar el tema del respeto del educando y del educador.

¿Por qué hay que respetar a los niños?

Porque, como tú, es hijo de Dios, miembro de Cristo y templo vivo del Espíritu Santo; porque es imagen y semejanza de Dios, dotado de inteligencia, corazón, y una voluntad que ninguna criatura puede satisfacer: está hecho para el infinito. Es objeto de la predilección de Jesús y Dios lo llama a ser grande, santo, perfecto y lo ha llamado a que reine sobre sí mismo y sobre el mal y, definitivamente, en el cielo.

Este es el campo que Dios ha destinado al educador para que lo cultive Si es educado bien, será su consuelo a la hora de la muerte, su defensa y su corona.

Porque es la esperanza del mundo de mañana, de la familia y de la sociedad. Porque es persona y, como tal, tiene derecho al respeto y el debe respetar a su vez.

de respeto hiere, humilla, cierra el alma a la acción, hace perder la estima de sí y genera complejos y sufrimientos.

La acción educadora.

Consiste en el cumplimiento efectivo del trabajo de "fundamentación", de "cultivo", de "guía" que es el campo del educador. Todo esto tiene como presupuesto el conocimiento del educando como antes se habló, que es fruto del amor, de la dedicación, de la observación constante e inteligente.

El educador deberá tener siempre presente el objetivo. Es la persona misma del educando y su formación integral, es decir, la plena realización humana y sobrenatural. Esto debe proporcionar al educador el ideal a realizar y al mismo tiempo hacer ver las potencialidades disponibles que pueden favorecer y los defectos que lo obstaculizan. Lo positivo habrá que desarrollarlo, lo negativo, eliminarlo.

Ayudar al educando en esta tarea debe ser el principal empeño del educador que verdaderamente ama. No se trata de únicamente señalar el objetivo, sino de entusiasmar al educando por alcanzarlo y hacer que pase del entusiasmo a la realización práctica. El Padre Champagnat tenía un don especial para hacer amar la virtud, para decidir a los jóvenes a abrazarla y entusiasmarlos a hacer esfuerzos generosos para conseguirla.

No es una tarea fácil: no basta con inculcar en el alma las semillas de la virtud, se necesita cultivarla con cuidado, constancia e inteligencia; no es suficiente el enseñar principios sanos, es preciso hacer que se asimilen de modo a que lleguen a ser la regla constante de conducta; no basta con fortalecer una naturaleza débil, hay que reformar la naturaleza inclinada al mal.

El amor no puede ser ciego, sino debe tener como objetivo el verdadero bien de los hijos o de los alumnos. "El Padre Champagnat hacía consistir el amor que tenía a sus discípulos sobre todo en la corrección de los defectos y en la formación a la virtud. Todo esto con tal bondad, dulzura y paciencia, que hacía felices incluso a aquellos a quienes les llamaba la atención. Recordemos el testimonio escrito más arriba: "Ningún padre ha amado más a los suyos que el Padre Champagnat a sus discípulos".

Su método consistía en pedir poco al principio, hacer ascender gradualmente en la perfección personal; pero no toleraba el que se detuviera, se fuera más lento y, mucho menos, se retrocediera. "La virtud, decía, no consiste en querer hacer todo y de inmediato, sino en ser constante y hacer bien las cosas ordinarias". Se equivocan los padres de familia y los educadores cuando ven en sus hijos o en sus alumnos únicamente defectos y terminan por irritarlos y desanimarlos; también se equivocan los padres de familia que encuentran siempre perfectos a sus hijos. En ambos casos se es injusto y se defrauda a los muchachos que buscan la luz y que tienen el derecho de encontrar en nosotros una verdadera ayuda.

Testimonio coherente

"La educación es fruto sobre todo del buen ejemplo" decía el Padre Champagnat. "El ejemplo es la principal y la más eficaz de las lecciones que se puedan dar. La instrucción llega más fácilmente y se graba más profundamente por medio de los ojos que por medio de los oídos. Los discursos pueden persuadir, el ejemplo arrastra... El niño es un imitador por naturaleza. El educador, los padres de familia o los enseñantes, deben también servir de modelo". Se trata de transmitir la vida moral ¿cómo sería posible transmitirla si no la poseyeran ellos mismos? Y ¿quién no lsufrirá las consecuencias? Aquí tenemos una cuestión de coherencia y de justicia.

Los sentimientos buenos, nobles, virtuosos que el educador trata de infundir en los alumnos deberán surgir de lo más profundo de su alma. Si se trata de palabras contradichas con la vida, sonarían falsas, los alumnos las descubrirían más rápido de lo que pensamos y su formación sería un fracaso al igual que la vida de tal educador.

El Padre Champagnat ha tratado muchas veces la necesidad del ejemplo en la educación. Para él el querer ser verdaderamente un educador es comprometerse a hacerse santo. En su realismo y en su equilibrio se daba cuenta de lo mucho que la vida de un educador requiere de amor, de paciencia, de dominio de sí, de atención constante. A quienes llamaba la atención de que en la Regla de los Hermanos no se encontraran penitencias corporales, el Padre Champagnat respondía que para un educador que quiera realmente serlo, le basta y sobra el hacer bien, con espíritu sobrenatural su trabajo de todos los días.

El Fundador no fue un hombre que se contentara con dar instrucciones y consejos; formaba sobre todo con su ejemplo. Y esto es válido ya sea para la piedad y la ascesis, como para el celo apostólico o el trabajo manual. "No pedía nunca algo a los demás que no hubiera practicado ya él mismo" era muy exigente consigo mismo, pero trataba a los demás con ternura paternal.

Nosotros debemos obrar a imitación suya. ¿No somos demasiado exigentes con los hijos o con los alumnos y muy poco con nosotros mismos? Debemos ser continuamente, como dice Marcelino Champagnat, "Evangelios vivientes" ante los ojos de nuestros alumnos.

El Fundador estaba muy consciente de la educación paralela que los alumnos reciben fuera de la familia y de la escuela. Por lo general lo que se encuentra de positivo es callado, se diría que existe una conjura de silencio, y lo malo resulta ser más deletéreo por la fuerza de los medios que los difunden .Tanto más, ya que los jóvenes deberían encontrar un antídoto válido en la familia y en la escuela.

El ejemplo de los padres de familia y de los educadores será tarde o temprano su salvación.